Una bola en la Sierra de los Zorros

La AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) dispone de una red de radares que se utilizan para, resumiendo mucho, ver dónde está lloviendo. Lo cual es una herramienta muy útil ya que no hablamos de una previsión o modelización, sino de tiempo real. (Pincha aquí para acceder a los radares autonómicos de AEMET).

El radar que da cobertura al área de Valencia está en el término municipal de Cullera, no muy lejos del Castillo de Cullera y detrás de las gigantescas letras de estilo hollywoodiense que, estampadas en la montaña, nos recuerdan dónde estamos.

img_20190101_173126_hdr

Cullera desde la A final

 

Gracias a Wikipedia sé que esta modesta elevación de apenas 233 metros en su punto más alto tiene un nombre: Serra de les Raboses, que en valenciano significa Sierra de los Zorros.

No obstante, las bajas tierras sobre las que se alza son tan llanas que las vistas son impresionantes. Desde allí arriba, y gracias al cielo tan claro que tuvimos ese día (y la mayoría en este invierno tan anticiclónico) pudimos observar desde el Penyagolosa hasta el Montgó. Nada mal para 233 metros de altura sobre el nivel del mar.

img_20190101_174259_hdr

Detalle del Montgó y el Cabo de San Antonio (Xàbia) desde Cullera

 

A parte de los extremos geográficos, las vistas eran impresionantes. Podía verse a la perfección todo el tramo sur del Golfo de Valencia, las zonas inundadas de la albufera, y la muy cercana Sierra de Corbera al suroeste, tan cerca del radar que provoca una sombra hacia la zona alicantina que se ha de suplir con el uso del radar de Murcia.

 

img_20190101_174242_hdr

La escena era tan bonita que casi te hacía obviar las aberraciones urbanísticas a la vista

 

img_20190101_175358_hdr

De haber subido 15 minutos antes, las fotos hubiesen sido mucho mejores

 

El radar (al que me parece que llaman “chupachups”) salta a la vista desde antes de llegar a Cullera, como una bola blanca sobre la montaña. Allí vimos a un grupo de adolescentes pasando la tarde y, viendo la decoración de las paredes de las instalaciones, parece que es práctica común.

img_20190101_175438_hdr

El Chupachups de Cullera

 

Desde fuera no hay mucho que ver más que antenas y torretas, y los interiores están obviamente restringidos, con un cartel de la AEMET bastante desgastado en la parte exterior. Es un ejercicio curioso imaginarse cómo funciona esta instalación: El emisor emite ondas electromagnéticas que se propagan desde el mismo, mientras que el receptor recibe las que rebotan en las cortinas de precipitación y se interpretan generando los mapas de ecos.

 

201901151540_r8va

Esas líneas que hay a los extremos son falsos ecos

 

Una vez avanzada la oscuridad, era el momento de volver a casa y descansar. Conseguí llegar al coche, no sin dificultad, y comencé a digerir una jornada que había sido intensa en muchos sentidos.

De Cullera me llevé una sensación extraña. Por una parte, la belleza natural propia del entorno se mantenía a grandes rasgos intacta, en parte gracias a la altura desde la que pude observar al mismo. De forma literal en este caso, solo necesitamos una perspectiva diferente a la habitual para darnos cuenta de lo irrelevantes que podemos llegar a ser como civilización. Por otra parte, a una escala más humana, el desarrollo que puede observarse en zonas como Cullera te hace pensar hasta qué punto y por cuánto tiempo más esta irrelevancia va a ser tal.

Desde un punto de vista más cultural, Cullera te impregna de ese “quieroser-ismo” tan típico de los valencianos y otras gentes, algo que lleva durando tanto tiempo que uno no puede evitar sentir que está atrapado en el pasado, mientras observa un pequeño municipio de apenas 22.000 habitantes siendo anunciado por unas altas torres de apartamentos y una CULLERA en mayúsculas clamando al mundo que ahí está la gran urbe, y que la miren, mientras imagino resoplar a la pobre montaña en mi mente.

Yo seguiré observando, sea como sea.