El primer viaje de muchos: Parte 2, Jorquera y Alcalá del Júcar

— Venimos de aquí

Una vez salimos de Chinchilla empezamos a recorrer el llano campo hasta llegar al río Júcar. El cambio en el tipo de terreno nos advertía de ello, el suave relieve se abría de golpe en un cañón cavado por el curso del agua. Estábamos llegando a Jorquera. Antes de entrar al casco urbano, hicimos una parada para observar tanto la bonita estampa del pueblo frente a nosotros, como el terreno llano y hundido del arroyo de Abengibre (probablemente proclive a inversiones térmicas considerables) que desemboca en el Júcar justo al otro lado del casco urbano.

 

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Jorquera (Albacete)

 

Subimos a pasear a una especie de paseo-mirador que había allí, mientras mi compañero me contaba aventuras que se iban hasta territorio turolense, y disfrutábamos del momento. Teniendo en cuenta la hora que era, debíamos seguir el camino si queríamos llegar hasta Alcalá con luz natural.

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Las escaleras al mirador

 

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Arroyo de Abengibre

 

Tras seguir las instrucciones de un jorquerano y tener un pequeño susto con el coche, nos dirigimos hasta Alcalá del Júcar por carretera. El terreno es cerrado y escarpado,  dejando paredes a ambos lados que la luz del sol ayuda a marcar con su ángulo y las sombras generadas.

 

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De camino a Alcalá

 

Dejamos el coche en el aparcamiento que da acceso al parque y zona de paseo del Júcar. Nos acompañaban bastantes almas, aunque siendo un tipo de turismo en apariencia relajado, no se hacía molesto. Allí paseamos por un pequeño puente de madera, vimos una plataforma que crea una pequeña cascada en pendiente, terminando en una pequeña isla artificial con vistas al puente romano.

 

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Unos simpáticos patos alcaleños

 

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Puente de madera, isla artificial y puente romano, con el núcleo urbano de Alcalá al fondo

 

Después subimos por el núcleo urbano. Las calles de Alcalá, fruto del relieve donde se asienta, son estrechas, empinadas y con huecos abiertos por donde se conduce el agua de la lluvia. Durante la subida el oído nos informó de la importante presencia del turismo valenciano en esta localidad, ya que el parlar se escuchaba bastante.

Otra característica de la localidad, compartida con las que hasta ahora habíamos visitado pero con una mayor evidencia, era el aprovechamiento del relieve para la creación de cuevas. De hecho, varias están señalizadas en las calles.

 

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Detalle de una vivienda incrustada en la montaña

 

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Esas manos son en realidad las garras de un lobo. Créditos de la foto a otro lobo.

 

Llegamos a lo alto de Alcalá cuando atardecía, así que pudimos presenciar el momento en el que la luz crepuscular y el color otoñal de los árboles coincidían, para nuestro disfrute.

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Atardecer en el Júcar

 

Una vez puesto el sol, deshicimos nuestros pasos, no sin antes cotillear un poco en una iglesia. Por la noche, Alcalá se ilumina de una forma quizá objetivamente excesiva, pero no se puede negar que como imagen turística llama mucho la atención y en sí, es bonito.

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Cuando cayó la noche, el pueblo se iluminó mucho más

 

De vuelta en el coche, subimos el cañón hasta retomar la inmensa planicie, ya de camino a Valencia para descansar y digerir el día. Terminaba así el primer viaje de muchos, en un punto distinto de donde comenzó para mí. En ese sentido, podría decirse que el viaje no terminó. Tampoco lo ha hecho todavía. Tampoco quiero que termine.

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El primer viaje de muchos: Parte 1, Chinchilla de Montearagón

No sé cómo serán las primeras citas de la mayoría de la gente ni a dónde se dirigen para conocerse mútuamente, pero no estoy seguro de que hagan cerca de 500 kilómetros para recorrer tierras albaceteñas.

En mi caso, sí fue así. La primera vez que vi presencialmente a mi chico, después de su ya de por sí largo trayecto, nos dirigimos en coche hasta Chinchilla de Montearagón, no sin antes recorrer varios “pueblos” hacia el interior alicantino (con la envergadura de un pueblo alicantino, es decir, algunos como el caso de Elda, junto al continuo urbano de Petrer, suman una cantidad de habitantes similar a toda la provincia de Soria).

Del trayecto alicantino, además del tamaño de la conurbación mencionada, quizás lo que más me llamó la atención visual fue Villena. En transición entre el área levantina y la castellana, uno percibe sensaciones de ambas, que se volvían claramente castellanas conforme más avanzábamos en el trayecto.

 

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Nótese el cambio progresivo del color del terreno, ya evidente en Villena, captado desde satélite

 

Ya oficialmente dentro de la Comunidad Autónoma de Castilla – La Mancha, y tras un rato en el trayecto, lo que más me llamó la atención era la baja altura a la que se movían las nubes. Y es que ya eran 600 metros más de altura los que habíamos ganado desde que salimos de Crevillent, pese a lo llano que se había vuelto el terreno.

Ya en Chinchilla (y no sin fijarme en cómo gran parte de los presentes observaban la llegada de dos forasteros), dejamos el coche y empezamos a caminar por una localidad en la que se perciben la historia y la belleza a simple vista.

 

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Vista de Chinchilla mientras subíamos al castillo

 

La subida mereció la pena por, entre otras cosas, las vistas que había desde allí. Pese a que el cielo tenía bastantes nubes, podía verse toda la llanura que rodea al castillo. Una escena muy familiar para las gentes castellanas que sin embargo maravillaba a unos ojos acostumbrados al relieve alicantino.

Son bellezas distintas, las de un terreno llano y las de uno accidentado. También las sensaciones que provocan en el observador. Personalmente, y constatado con mi compañero, un terreno llano allá hasta donde alcanza el horizonte transmite una fuerte sensación de libertad y espacio. Además, los distintos colores de las parcelas de campo me creaban un efecto similar al de estar contemplando algo pintado con acuarela.

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La cruz de Chinchilla

 

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Los cimientos del castillo bajan hasta una profundidad que asusta

 

Además del castillo, y de unas personas que estaban realizando una especie de reportaje fotográfico sobre ellos mismos en las cercanías, también tuve la ocasión de ver algunas cuevas que en Chinchilla (como en Crevillent) pueden llegar a utilizarse como vivienda.

Aunque las más evidentes eran las que se encontraban abiertas al camino y sin más construcción que el propio hueco en la montaña (aún así, ya en venta), también podían imaginarse viviendas que de una forma u otra aprovechaban la orografía para expandirse.

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Detalle de las chimeneas o tragaluces de una posible casa-cueva

 

Tras un rato, con un poco de viento que comenzaba a molestar junto con unas temperaturas que ya comenzaban a descender entrando la tarde, bajamos de nuevo al pueblo para continuar con un trayecto que proseguiría hasta el río Júcar, donde tendrá lugar la siguiente parte de este primer viaje de muchos: Las localidades de Jorquera y Alcalá del Júcar.

 

— Seguimos aquí

 

Chinchilla siempre tendrá para mí una carga emocional evidente, que junto a la belleza propia del lugar hacen que sea un sitio por el que, tarde o temprano, tendré que volver. Y espero que sea junto a mi compañero de experiencias, ya que con él Chinchilla, como el resto de lugares, siempre son más de lo que ya son de por sí.

 

 

Una bola en la Sierra de los Zorros

La AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) dispone de una red de radares que se utilizan para, resumiendo mucho, ver dónde está lloviendo. Lo cual es una herramienta muy útil ya que no hablamos de una previsión o modelización, sino de tiempo real. (Pincha aquí para acceder a los radares autonómicos de AEMET).

El radar que da cobertura al área de Valencia está en el término municipal de Cullera, no muy lejos del Castillo de Cullera y detrás de las gigantescas letras de estilo hollywoodiense que, estampadas en la montaña, nos recuerdan dónde estamos.

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Cullera desde la A final

 

Gracias a Wikipedia sé que esta modesta elevación de apenas 233 metros en su punto más alto tiene un nombre: Serra de les Raboses, que en valenciano significa Sierra de los Zorros.

No obstante, las bajas tierras sobre las que se alza son tan llanas que las vistas son impresionantes. Desde allí arriba, y gracias al cielo tan claro que tuvimos ese día (y la mayoría en este invierno tan anticiclónico) pudimos observar desde el Penyagolosa hasta el Montgó. Nada mal para 233 metros de altura sobre el nivel del mar.

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Detalle del Montgó y el Cabo de San Antonio (Xàbia) desde Cullera

 

A parte de los extremos geográficos, las vistas eran impresionantes. Podía verse a la perfección todo el tramo sur del Golfo de Valencia, las zonas inundadas de la albufera, y la muy cercana Sierra de Corbera al suroeste, tan cerca del radar que provoca una sombra hacia la zona alicantina que se ha de suplir con el uso del radar de Murcia.

 

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La escena era tan bonita que casi te hacía obviar las aberraciones urbanísticas a la vista

 

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De haber subido 15 minutos antes, las fotos hubiesen sido mucho mejores

 

El radar (al que me parece que llaman “chupachups”) salta a la vista desde antes de llegar a Cullera, como una bola blanca sobre la montaña. Allí vimos a un grupo de adolescentes pasando la tarde y, viendo la decoración de las paredes de las instalaciones, parece que es práctica común.

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El Chupachups de Cullera

 

Desde fuera no hay mucho que ver más que antenas y torretas, y los interiores están obviamente restringidos, con un cartel de la AEMET bastante desgastado en la parte exterior. Es un ejercicio curioso imaginarse cómo funciona esta instalación: El emisor emite ondas electromagnéticas que se propagan desde el mismo, mientras que el receptor recibe las que rebotan en las cortinas de precipitación y se interpretan generando los mapas de ecos.

 

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Esas líneas que hay a los extremos son falsos ecos

 

Una vez avanzada la oscuridad, era el momento de volver a casa y descansar. Conseguí llegar al coche, no sin dificultad, y comencé a digerir una jornada que había sido intensa en muchos sentidos.

De Cullera me llevé una sensación extraña. Por una parte, la belleza natural propia del entorno se mantenía a grandes rasgos intacta, en parte gracias a la altura desde la que pude observar al mismo. De forma literal en este caso, solo necesitamos una perspectiva diferente a la habitual para darnos cuenta de lo irrelevantes que podemos llegar a ser como civilización. Por otra parte, a una escala más humana, el desarrollo que puede observarse en zonas como Cullera te hace pensar hasta qué punto y por cuánto tiempo más esta irrelevancia va a ser tal.

Desde un punto de vista más cultural, Cullera te impregna de ese “quieroser-ismo” tan típico de los valencianos y otras gentes, algo que lleva durando tanto tiempo que uno no puede evitar sentir que está atrapado en el pasado, mientras observa un pequeño municipio de apenas 22.000 habitantes siendo anunciado por unas altas torres de apartamentos y una CULLERA en mayúsculas clamando al mundo que ahí está la gran urbe, y que la miren, mientras imagino resoplar a la pobre montaña en mi mente.

Yo seguiré observando, sea como sea.